Persona
Una ya tiene una máscara. Una se construyó una máscara para cada carnaval. En ella, lo hermoso y lo terrible danzan. En ella fuegos, el vestido de lentejuelas de lo nocturno. Una ya es esa máscara, imperturbable. Se limita a sus bordes.
Una ya olvidó cómo se veía realmente la fragilidad del rostro original. Una se mira en el espejo y no recuerda a la que antaño cantaba melodías. A una le parece casi ridícula la ingenuidad de ese canto.
A veces la máscara se fisura. A veces la máscara deja escapar notas. A veces se pliega sobre sí misma y duerme, duerme apacible, sumergida en la incontable noche de los siglos. A veces se es piedra, tótem, animal, estrella, mundo. Capa sobre capa, ha sedimentado la brusca conciencia de intentar existir. Y al equivocarnos rozamos siempre la verdad.
Una ya sabe lo que queda después de un carnaval. Una aprendió a barrer confettis sucios del suelo, a levantar borrachos. Una ya sabe de turbios amaneceres, de madrugadas que contuvieron el sexo, la muerte y la locura; de madrugadas donde todos fuimos todo. Una ya sabe de fragmentaciones. Una ya sabe que la máscara no es temporal. Está cosida al rostro como el hombre a la tierra. Una ya no tiene caras ni caretas. Una peca de distancias. Se oculta. No vaya a ser abrupto el terror de la caída.
Una sabe, ya sabe, que las espinas tienen rosas. Una ya sabe que los vasos están siempre llenos, mitad agua, mitad aire; enviciados necesariamente por lo indisoluble. Una ya no sabe conmoverse como antaño, en el parque de diversiones, donde cada luz era una fiesta. Una sabe, lo aprendió a fuerza de amparos y desamparos, que las luces se apagan y se prenden cada día. Una prende las luces, hermosa e inútil tarea de farolero.
Una se bebió de golpe cada carnaval. Una bailó y bailó y desfiló bella y herrumbrosa. Una fue elegida reina, corona de oropeles, tiara falsa. Una sabe que la máscara, la cosida al rostro, subsiste como premio verdadero. Una cuida su máscara. La aceita, la engrana. Una pule su cara blanca y dorada y roja y negra. Una se empolva y se afeita todos los días. Una sonríe. Una alisa las plumas de su antifaz.
Una sabe que no se trata de falsedades. Una fue quien diseñó la máscara. Quien agregó pacientemente cada color, cada pincelada, cada brillante, cada pluma. Se la probó muchas veces hasta que adquiriera la forma exacta de la cara. Y también los otros aportaron tintes, formas, variaciones pasajeras. Una sabe que del arrase sólo subsiste lo enraizado. Sólo subsiste una y su máscara, que ya se convirtieron en lo mismo.
Una tiene una máscara. Da la mañana al buen día. Nos previene de augurios terribles. Y la máscara es muro. Y la máscara es pájaro.
